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El apóstol Pablo nos presenta un profundo contraste entre los conceptos de esclavo e hijo. En un lenguaje propio de la época escribe: “Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre.”
En tales tiempos, el niño (heredero), tenía solamente derechos que eran muy similares a los de un esclavo. Hasta que cumpliese cierta edad, y fuese considerado, no solo heredero sino también señor, y patrón de otros.
Nosotros bajo la ley (siendo niños con herencia) estábamos confinados en los derechos de nuestra propia libertad. Es una paradoja de sentimientos mezclados que dice “soy heredero, pero todavía no”. Escogidos desde antes de la fundación del mundo, (Efesios 1:4; Romanos 8:29); pero con desconocimiento pleno de esta nueva libertad e identidad con la que Cristo nos hizo libres.
El niño heredero, estaba bajo el tiránico tutor de la ley, la cual no determina para nada su herencia. Sino que (la ley) como tutor o curador, ha de llevarnos durante nuestra niñez y adolescencia (en el cumplimiento del tiempo), al encuentro glorioso con la Gracia de Jesucristo.
Muchos hombres de Dios, no son impactados por Dios, hasta que la ley los consume de veraz. Dios tiene que humillarnos para poder salvarnos. Nunca se saborea la gracia hasta que el pecado agobie en sobre manera.
!Cuantos pueblos del Caribe, Centro y Latino América no han sabido que hacer con su libertad, una vez que han alcanzado su anheladas independencias!. Acaso, ¿Sabe el niño libre, conducir su libertad plena?. Tampoco nosotros sabremos que hacer con la libertad que nos confiere la gracia divina. Tantos años bajo el yugo cruel de la ley, han producido heridas, iras reprimidas, sentimientos de culpabilidad, indignacion, rebeldias. Todo ello nos ha conducido (a muchos) a una interpretación desordenada y confusa de nuestra libertad en Cristo. Una aceptación incoherente de la ley, dentro de la nueva perspectiva de la gracia infinita.
Como hijos incondicionalmente amados, y libertados por la obra de Jesucristo. Afrontamos el reto de vivir una vida de obediencia y testimonio para Dios, no por el peso de nuestros propios esfuerzos, sino por dejar fluir y correr el esfuerzo de Cristo en nosotros.
No es un hincapié en lo que tengo que hacer, para producir un moralismo religioso o un agotamiento espiritual. Sino que es el descanso sincero y confiado por completo en la Obra consumada, por Cristo, en la cruz del Calvario.
Tratemos de exponer un ejemplo de nuestra cosmovisión terrenal para ver si entendemos en alguna medida, una visión totalmente celestial:
Una familia cristiana, madura y fiel. Ha estado educando a dos hijos, a través de grandes esfuerzos y desafíos. Llega el momento que ambos chicos alcanzan la preciosa edad de 19 años. Los padres deciden enviarlos a distintas universidades, las cuales se encuentran muy distantes de su pueblo natal.
Uno de estos jóvenes, al convivir en los recintos universitarios, se dice a si mismo: “Ha llegado la anhelada hora de mi libertad. He de hacer todo cuanto me de la gana. He de vivir una vida liberal y lejos de la supervisión asfixiante de mis padres. He aquí, mi oportunidad”
Mientras que el otro dice para si: “En las vivencias de esta universidad, no estaré mas supervisado por mis padres. Mi libertad comienza a ser una realidad viviente, pero no usare esta para vanagloriarme. Haré de mis estudios y de mi carrera universitaria algo de lo cual puedan gloriarse mis padres. Esto, lo haré, por todo el amor, la entrega, la amistad y el compañerismo que ellos me brindaron durante muchos años”.
Esta sencilla analogía terrenal muestra el misterio de una gracia celestial. Es el poder transformador que me hace obedecer y desear cumplir la ley, solo para glorificar al Padre que me rescata, me libera, me hace hijo y me invita a morar en su casa.
Estar en comunión con el Padre, es sentir su adopción plena. En la medida que más la disfrute, más podré saborear la obra consumada y más bella que el Calvario conlleva. La cruz símbolo eterno de la cristiandad entera, es la entrega total al sufrimiento y la humillación para lograr la gloria más eterna.
Incuestionable que vivimos en una era de electrónico activismo. Hemos creído la mentira Satánica de estar necesariamente involucrados en una serie de actividades sin solaz y sin descanso a penas. Hemos pensado absurdamente que podemos hacer las cosas de Dios, porque está dormido, o quizás aun no se desvela.
De mi propio corazón, concluyo y le ruego: Yo tampoco sé, que hacer con la libertad con que Cristo me ha hecho libre. Mas he de ir reflexionando en la paz, que la Obra de su Cruz, me entrega. Que sea mi descanso. Que su rió de Agua Viva fluya en mi alma, de alguna manera. Que un haz de luz divina, mi alma pueda reflejar, de otra forma cualquiera.
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