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Desde el mismo huerto del Eden, el hombre ha comenzado una búsqueda desesperada por relaciones con cuanta persona pasa por su lado. Busca la relación con el abogado, con el médico, con el hombre de negocios, con el vecino, con el jefe, con el pastor, con la familia, con el mecánico, con el artista, con el cónyuge, con los hijos, con todos, menos con Dios. ¡triste condición! El hombre buscando relación, amistad y hermandad de manera desesperada, con necedad en la mente y en el corazón por no terminar reconociendo que la relación que debe cultivar es la relación personal con Dios.
La genuina y verdadera intimidad de compañerismo y amistad que le podrá llenar el vació más profundo de su alma. ¿Por que no habremos de proponernos algo así usted y yo? Dejemos un poco al lado esta ansiosa cacería de relaciones humanas. Marchemos un poco más despacio en esta búsqueda. ¡Hagamos un alto! Reflexionemos sobre algo de lo cual aún estamos lejos:
Tratemos de cultivar nuestra relación con Dios, las otras, vienen solas.
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