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Una vez más me alegra escribirles acerca de lo que a mi corazón llega y hace impacto en mi vida espiritual. Por muchos años he estado escuchando sermones, poesías y canciones sobre la parábola del hijo pródigo. Más doy gracias a Dios que comienzo a descubrir tesoros espirituales en estas palabras de Cristo, que las ataré a mi cuello y serán mi estandarte para seguir adelante en los caminos de Dios. (Proverbios 3)
Rembrandt en su cuadro, deja muy pocas dudas del estado físico-emocional de este hijo que regresa. Su cabeza afeitada como la de un prisionero a los cuales se las ha puesto un número como identidad. Lo dibuja con una ropa que apenas cubre su cuerpo demacrado. Un hijo que regresa al padre, sin dinero, sin salud, sin honor, sin reputación pues ya lo ha despilfarrado todo. El pintor nos deja ver como cicatrices en las plantas de sus pies mostrando la historia de un viaje humillante y doloroso. Al igual, sus sandalias hablan de su miseria y sufrimiento. Pero hay dos grandes aspectos en este miserable hijo pródigo y su regreso, los cuales quiero resaltar y son las que más grande bendición me han dado en estos últimos meses de mi vida. El hijo pródigo siempre creyó que era hijo del padre. En medio de toda su miseria, a pesar de haber solicitado la herencia que le correspondía con su padre en vida. A pesar de haber derrochado y malgastado irracionalmente toda aquella fortuna que el padre le había entregado con amor y desprendimiento. No impor-taba que ya no hubiera dignidad alguna en él; más había un gran tesoro espiritual en su corazón. El no había olvidado en su mente y corazón que todavía era hijo del padre.
Este joven se aferró con todas las fuerzas de su alma a esta realidad congénita, “soy aún hijo de mi padre”. El hijo volvió a casa realmente cuando recordó y valoró el lazo familiar que le unía. Tuvo que perderlo todo, para poder dialogar en lo más profundo de su ser interior y entonces decir “iré a mi padre y le diré…”
La soledad más grande que puede sentir el cristiano, es comenzar a pensar que no es hijo del Padre, (no es estudiando en seminarios evangélicos, es la experiencia misma de mi vida personal). El triunfo más diabólico que puede contender Satanás contra nosotros es hacernos pensar que no somos hijos del Padre Celestial. Cuando una vez que hemos sido sellados con la promesa divina del Espíritu Santo no habrá nada ni nadie en este mundo que nos pueda separar del Amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro. Si estamos lejos de casa, el Padre Celestial nos espera siempre, cada mañana levanta su vista a la puerta del camino, y se pregunta: ¿Cuándo volverá mi hijo, cuando percibirá que soy su padre y él mi hijo?
¡Cuán importante es la doctrina de la justificación en la vida del creyente convertido a Jesucristo! ¡Afiancemos nuestra identidad como hijos de Dios cada día!. Nuestras iglesias evangélicas deberían estar más enfocadas en esto. Reafirmar a los creyentes que nuestra identidad como hijos de Dios está basada en la justicia de Cristo, en la fe que hemos depositado en su muerte y resurrección, y no precisamente en nuestros extravíos lejos de casa.
Aún cuando lejos nos encontremos de casa, si hemos creído en él y hemos una vez aceptado de todo corazón a Jesús como nuestro salvador personal, entonces podemos estar seguro de que somos sus hijos y el nuestro Padre. ¡Recordemos nuestra identidad y regresemos a él. “Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro”. (Hebreos 4:16)
Hazme como uno de tus jornaleros (como uno de tus trabajadores) El hijo había reconocido su vínculo familiar. (padre-hijo). Reconoció que era hijo por naturaleza, (engendrado por su padre). Había razonado correctamente que era su padre. Más estaba aún perdido con ideas confusas y vagas. “Mi padre no me aceptara de hijo, como tal, sino que ha de colocarme como uno de sus trabajadores en la finca. Seguro me dejará en casa, y seré uno más del montón de empleados, seré un asalariado más”.
¡No! ¡Qué maravilloso es el Amor del Padre! Mi mente apenas comienza a descubrirle. Bajo ninguna concepto por la mente de Dios ha pasado, considerarme un asalariado más. ¡No! Aquel padre llama a todos, hace fiesta, mata el becerro gordo, y pone en su mano el anillo precioso que le identifica como hijo.
¡Cuantos de nosotros regresamos a la casa del Padre Celestial; pero creemos que seremos trabajadores! Regresamos pensando que seremos uno más del montón de empleados del Reino de los Cielos, de la Viña del Señor. ¡Dios nunca ha querido que nosotros pensemos tales barbaries! Son las mentiras más diabólicas que Satanás mete en nuestras mentes para desviarnos de ese amor incomparable e incomprensible de nuestro padre Dios. ¡Hagamos un alto! Meditemos en estas dos grandes misterios que se debaten en nuestras mentes, ¿somos hijos de Dios o no somos hijos? ¿Volveremos a casa para ser asalariados o para sentir a plenitud que somos hijos del Padre Celestial y gozar de todos sus privilegios? ¿Estaremos pensando que seremos un obrero más de la viña del Señor o que seremos coronados con el anillo del padre? Declaremos en el nombre de la sangre de Cristo, que somos hijos de Dios y que él nos tiene como hijos, y como hijos nos trata.
Digamos pues, con toda seguridad y en el nombre de Cristo Jesús, como el apóstol Pablo:
"Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro". (Romanos 8:38 y 39)