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Dejar el hogar es alejarnos de su presencia, es dejar de conversar con él a diario, es comenzar a
considerar la idea de que algo podemos hacer con nuestras fuerzas sin tomar en cuenta a Dios.
Alejarnos del hogar es escuchar otras voces que no son las del Padre, es mirar esfuerzos
humanos por encima de los divinos, es dejarnos arrastrar por la vanidad de este mundo. Todo
esto significa comenzar un peregrinaje lejos de Casa.
He notado como me dice el autor de este lindo libro, que muchas veces tiendo en un mismo día a
ser un hijo prodigo. Todos luchamos con esto a diario, lo acepte usted con honestidad o no.
Nosotros tendemos a ser hijos pródigos todos los días de nuestra vida.
Las iglesias tradicionalmente han considerado al hijo pródigo como aquel que se encuentra
perdido en las miserias de los pecados de este mundo (llamados por ellas mismas como los más
graves), el adulterio, la fornicación, las drogas, el homosexualismo, etc.
¡No! El convertirnos en hijos pródigos es un camino que emprendemos todos de una manera muy
sutil y sin darnos apenas cuenta. Nos vamos alejando de la Casa de Nuestro Padre Celestial
cuando dejamos de conectarnos con él, cuando no estamos bebiendo del agua viva y comiendo
del pan de vida. Cuando esto se va haciendo un estilo de vida, entonces puede llegar el momento
que tan lejos estamos, que deseamos comer las algarrobas de los cerdos.
Henri J. M. Nouwen escribe textualmente: “He abandonado el hogar una y otra vez. ¡He huido
de manos benditas y he corrido hacia lugares lejanos en busca de amor! Esta es la gran
tragedia de mi vida y de la vida de tantos y tantos que encuentro en mi camino. De
alguna forma me he vuelto sordo a la voz que me llama <mi hijo amado>, he abandonado
el único lugar donde puedo oír esa voz, y me he marchado esperando
desesperadamente encontrar en algún otro lugar lo que yo no era capaz de encontrar
en Casa”
Son muchas las voces que podemos escuchar en este mundo moderno, secular y materializado
que nos dicen: “Sal y demuestra al mundo que vales” Todos estamos desesperados por
sentirnos amados, valorados, por el éxito, por la fama, por el poder y la vanagloria. El autor ratifica
como esas voces no le son desconocidas y puedo contarles que para mí tampoco lo son.
Esas voces llegan a lo más íntimo de mi vida, quizás a la suya también. Me sugieren que tengo
que hacer una serie de esfuerzos y un trabajo muy duro para ganarme el derecho a que la gente
me ame. Las personas me exigen sacrificios y requieren que demuestre a mi mismo y a los demás
que merezco que se me quiera y que tengo un valor en la sociedad moderna de hoy.
Ahora percibo una gran verdad, ¡Solo Dios me puede sostener en medio de las voces que
me quieren hacer que me aleje de la Casa de mi Padre! pues es
sólo aquí donde he
encontrado un amor incondicional que me ama aunque no haga nada, que me ama, incluso
aunque haga todo mal, y aun más, que me ama cuando haya despilfarrado una fortuna que él me
dio en una etapa de mi propia vida.
Por esto, llego a la misma conclusión que el autor de este libro: Dejo el hogar cada vez que pierdo
la fe en aquella voz tierna y amante que me dice “mi hijo amado eres tú, en quien me
complazco” y hago caso de esas voces que me ofrecen a gritos una inmensa variedad de formas
para ganar el amor que tanto deseo; sin embargo, ya sé, que este inmensurable y divino
amor sólo proviene de Dios. Amén.
