Por Samuel Santiesteban
Puedo comenzar a observar ahora, como ambos hijos se apartaron de casa. Pocas son las predicas acerca del hijo mayor; pero nos hemos de ocupar en aquel que físicamente abandona el hogar. Además hay un elemento bíblico que no podemos dejar de señalar y son las palabras del padre: “porque este tu hermano era muerto y ha revivido; se había perdido y es hallado.” Sobre este hijo tradicionalmente llamado hijo pródigo y su lejanía de casa nos ocuparemos más en esta reflexión.

Este hijo decide pedir al padre la parte de la herencia de los bienes que le corresponde, a pesar
de estar su padre en vida. Es importante comprender lo que ocurre en esta escena porque es
algo bien feo, inaudito, hiriente y ofensivo contra el padre. Kenneth Bailey en su explicación nos
dice:
“que la manera que tuvo el hijo de marcharse fue equivalente a desear la muerte
de su padre.”
No más ni menos, un hijo que solicita la fortuna que le pertenece de la herencia de
su padre, estando su padre en vida, está diciendo en otras palabras, quisiera que ya te hubieras
muerto.

Me pregunto: ¿Qué haría un padre terrenal ante una demanda tan cruel de su hijo en plena vida?
Es probable, que lo matara a golpes. Otras opciones podrían ser palabras duras y de rechazo
emocional del padre tales como: “añoras mis bienes que deseas verme ya muerto o eso es lo
único que quieres de mi, mis riquezas”; sin embargo en la  mente de Dios se generan reacciones
muy diferentes a las terrenales, y serenamente Jesús nos cuenta:

“…y les repartió los bienes”. (Lucas 15:12) Un padre justo que a ambos les reparte.

El autor Henri J. M. Nouwen me explica como por las tradiciones de la época (incluso  en muchos
países hasta hoy), el padre tiene derecho pleno a disfrutar de sus bienes y de sus riquezas
mientras este vivo. Así que el hijo menor no tiene derecho alguno de la herencia hasta la muerte
de su padre; no obstante con la gracia que solo puede venir de la mentalidad de un Padre
Celestial que ama incondicionalmente, nos cuenta que tranquilamente
“les repartió los bienes”.
Dios nos muestra un amor sin fronteras y sin límites, inconcebible en la mente pecaminosa del ser
humano.

Nouwen comenta:
“Esta historia no tiene nada que ver con un padre terrenal. Aquí
podemos observar el amor y la misericordia divina en una forma capaz de transformar la
muerte en vida”

El hijo pródigo una vez que toma su fortuna, se marcha lejos, quizás a otra región u otro país, y ha
de dejarse llevar por el placer mundanal, por el materialismo, la vanidad, la libertad sexual y sobre
todas las cosas por el anhelo de la independencia total de su padre.

El autor Henri Nouwen me hace pensar en algo interesante:
“dejar el hogar es mucho más que un simple acontecimiento ligado a un lugar y a un momento. Es la negación de la realidad espiritual de que pertenezco a Dios con todo mí ser, de que estoy grabado en las palmas de las manos de Dios y de que estoy escondido en sus sombras”.

Dejar el hogar es alejarnos de su presencia, es dejar de conversar con él a diario, es comenzar a
considerar la idea de que algo podemos hacer con nuestras fuerzas sin tomar en cuenta a Dios.
Alejarnos del hogar es escuchar otras voces que no son las del Padre, es mirar esfuerzos
humanos por encima de los divinos, es dejarnos arrastrar por la vanidad de este mundo. Todo
esto significa comenzar un peregrinaje lejos de Casa.

He notado como me dice el autor de este lindo libro, que muchas veces tiendo en un mismo día a
ser un hijo prodigo. Todos luchamos con esto a diario, lo acepte usted con honestidad o no.
Nosotros tendemos a ser hijos pródigos todos los días de nuestra vida.

Las iglesias tradicionalmente han considerado al hijo pródigo como aquel que se encuentra
perdido en las miserias de los pecados de este mundo (llamados por ellas mismas como los más
graves), el adulterio, la fornicación, las drogas, el homosexualismo, etc.

¡No! El convertirnos en hijos pródigos es un camino que emprendemos todos de una manera muy
sutil y sin darnos apenas cuenta. Nos vamos alejando de la Casa de Nuestro Padre Celestial
cuando dejamos de conectarnos con él, cuando no estamos bebiendo del agua viva y comiendo
del pan de vida. Cuando esto se va haciendo un estilo de vida, entonces puede llegar el momento
que tan lejos estamos, que deseamos comer las algarrobas de los cerdos.

Henri J. M. Nouwen escribe textualmente:
“He abandonado el hogar una y otra vez. ¡He huido
de manos benditas y he corrido hacia lugares lejanos en busca de amor! Esta es la gran
tragedia de mi vida y de la vida de tantos y tantos que encuentro en mi camino. De
alguna forma me he vuelto sordo a la voz que me llama <mi hijo amado>, he abandonado
el único lugar donde puedo oír esa voz, y me he marchado esperando
desesperadamente encontrar en algún otro lugar lo que yo no era capaz de encontrar
en Casa”

Son muchas las voces que podemos escuchar en este mundo moderno, secular y materializado
que nos dicen:
“Sal y demuestra al mundo que vales” Todos estamos desesperados por
sentirnos amados, valorados, por el éxito, por la fama, por el poder y la vanagloria. El autor ratifica
como esas voces no le son desconocidas y puedo contarles que para mí tampoco lo son.

Esas voces llegan a lo más íntimo de mi vida, quizás a la suya también. Me sugieren que tengo
que hacer una serie de esfuerzos y un trabajo muy duro para ganarme el derecho a que la gente
me ame. Las personas me exigen sacrificios y requieren que demuestre a mi mismo y a los demás
que merezco que se me quiera y que tengo un valor en la sociedad moderna de hoy.

Ahora percibo una gran verdad,
¡Solo Dios me puede sostener en medio de las voces que
me quieren hacer que me aleje de la Casa de mi Padre!
pues es sólo aquí donde he
encontrado un amor incondicional que me ama aunque no haga nada, que me ama, incluso
aunque haga todo mal, y aun más, que me ama cuando haya despilfarrado una fortuna que él me
dio en una etapa de mi propia vida.

Por esto, llego a la misma conclusión que el autor de este libro: Dejo el hogar cada vez que pierdo
la fe en aquella voz tierna y amante que me dice
“mi hijo amado eres tú, en quien me
complazco”
y hago caso de esas voces que me ofrecen a gritos una inmensa variedad de formas
para ganar el amor que tanto deseo;
sin embargo, ya sé, que este inmensurable y divino
amor sólo proviene de Dios.
  Amén.

También dijo (Jesús): Un hombre tenía dos hijos;  y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes.  No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.  Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.  Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.
                                                                                                                                   
(
Lucas 15:11-16)
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