Una perspectiva diferente por Samuel Santiesteban


Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. 29 Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. 30 Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. (Lucas 15)

No podría comenzar esta reflexión sin dejar de reiterar mi crianza y formación; pero como un hijo de pastores evangélicos nacido y crecido dentro de las vivencias del “mundo evangélico” de nuestros días ha conllevado en mí, mis propios dolores y llagas, traumas y heridas que son algo diferentes de las de otros, pues las mías tratan de gente de dentro de la religión y no de las de afuera. Esto es lo que me hace comenzar a escribir acerca del hijo mayor.

 

No debo dejar de reconocer inicialmente que ha llegado a mis manos uno de los libros que más haya tocado mi corazón en estos últimos años, titulado El Regreso del Hijo Prodigo (Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt) del autor Henri J. M. Nouwen. Quiero hacer mención a muchas de sus notas en este libro y cada vez que lo haga las encerraré entre comillas y dejaré saber la referencia; porque realmente ha impactado mi vida.

 

Tratando más de cerca el meollo de la parábola contada por Jesús en Lucas 15:11-32, quiero dejar saber que doy gracias sinceras a mi Dios porque todas las últimas pruebas espirituales que he tenido que afrontar me han tocado en los Estados Unidos. ¡Gracias a Dios! he encontrado aquí personas que tienen un corazón más lleno de gracia. Tristemente si estas dificultades y luchas las hubiese tenido que afrontar con el legalismo y la hipocresía que aun están vigentes en las iglesias de mi patria, y creo que hubiese sido muy terrible para mí. Los hijos mayores de la casa de mi Padre me hubieran ahogado en el pozo de la desesperación, la culpabilidad y la condenación.

 

Las iglesias cristianas están llenas de hijos mayores, de hermanos y hermanas que creen haber cumplido el deber del cristiano (a) por largos años. Son muchas veces diáconos, responsables de importantes actividades, coordinadores de la casa del Padre; pero tristemente aun no tienen conciencia con toda certeza de su genuina identidad de lo que es ser, hijos de Dios. Rembrandt, en su famoso cuadro no puede retratarnos la verdadera historia al pie de la letra como no las cuenta Jesús, pues realmente el hijo mayor llega cuando la fiesta estaba en plena actividad.

 

No obstante, él nos dibuja a un hijo mayor que queda distanciado del padre y observa con cautela la escena del arrepentimiento de su hermano. El autor Henri Nouwen, afirma con sinceridad y sencillez: “Mi ira y envidia eran prueba de mi esclavitud. Esto no solo me ocurre a mí. Hay muchos hijos e hijas mayores que están perdidos a pesar de seguir en casa”

 

Personalmente, como hijo de pastores evangélicos, no siempre he estado en una rebeldía con Dios. He pasado momentos muy bellos en mi vida espiritual también y tengo el gusto de haberme sentido también como el hijo mayor de la casa, cumplidor de la ley, sin pecados graves, sin malgastar el dinero de mi padre, sin salir a fiestas, sin ver incluso televisión o películas "mundanas". Sin embargo; fue en estos tiempos que también pude apreciar como se le otorgaban privilegios y oportunidades a otros que apenas llegaban a las iglesias y en pocos meses eran movidos a puestos de importancia. La rabia y el rencor que salía de mí eran terribles. La envidia y el celo por posiciones religiosas, me consumían. Muchos de nosotros a veces no lo reconocemos; pero estamos a veces pendientes de cada uno de nuestros propios hermanos en la fe, y de sus "puestos aparentes" dentro de la iglesia. Es increible, como observamos con cautelas los talentos de otros.

 

El extravió del hijo mayor es muchas veces más difícil de identificar. Al fin y al cabo todo lo hacía bien, la gente le respetaba, le admiraba, le alababa y lo consideraban un hijo modelo. (parecía no tener problemas este hijo mayor); pero una vez que ve al padre regocijándose por el regreso de su hermano, ahí mismo brota un oscuro sentimiento de amargura de su corazón.

 

El autor me sigue conmoviendo por mis propias vivencias como hijo del pastor y expresa textualmente: “Mirando mi interior y mirando a las personas que me rodean me pregunto: ¿que hará mas daño la lujuria o el resentimiento? Hay mucho resentimiento entre los “justos” y los “correctos”. Hay mucho juicio, condena y prejuicio entre los “santos”. Hay mucha ira entre la gente que esta preocupada por evitar el pecado."

 

El mismo libro me hace comprender también que todos tenemos un cierto brote del hijo mayor dentro de nosotros. A menudo podemos sentir una queja interior y un lamento mezclado de remordimiento y envidia por otros hermanos que tienen otros ministerios, que gozan de otros talentos, que son reconocidos en público y en medio de todo, nosotros pasamos por inadvertidos. Debemos aprender a reconocer ese hijo mayor que se anida en el corazón de cada uno de nosotros y que nos quita la paz porque sencillamente estamos perdiendo la visión de lo que significa ser realmente un hijo de Dios y amado por el Padre.

 

Afanados por la vanidad de este mundo, por los reconocimientos de los hombres, por los aplausos de las multitudes, por ser admitidos en el mundo de las propagandas evangélicas que nos bombardean actualmente como las seculares, estamos sencillamente dejando de saborear la casa del Padre Celestial.

 

El Padre realmente nos ama a todos por igual y no hace acepción de personas (Romanos 2:11). El sale al encuentro por nosotros y quiere que nos sentemos a la mesa, que disfrutemos del banquete y de la fiesta de Dios, sin remordimientos, sin malestar emocional, sin envidias, sin celos, sin ira y sin contienda cuando un hermano caído y frustrado de sus luchas y pecados regresa a la casa del Padre. Henri Nouwen escribe: “Esta experiencia de ser incapaz de compartir la alegría es la experiencia de un corazón lleno de resentimientos.

 

El hijo mayor no podía entrar a casa y compartir la alegría de su padre. Sus quejas le habían paralizado y dejo que la oscuridad le envolviera.” De una manera maravillosa el evangelio de la Gracia de Dios se muestra patéticamente en esta parábola por cualquier parte que uno la analice. El hijo mayor así como su hermano pródigo, necesitan algo de forma urgente, algo que es sólo un salto de fe, de rendición: entregarse en los brazos de un padre que les ama incondicionalmente, sean buenos o malos, son sus hijos. La naturaleza del padre no podrá ser cambiada por las actitudes de nosotros, hijos malcriados, desobedientes y pecadores.

 

El Padre Celestial mantiene sus brazos extendidos, su gracia está vigente para usted y para mí.

 

Seamos hijos pródigos o hijos mayores, simplemente dejémonos envolvernos en los brazos de un Padre Celestial quién en vez de condenarnos, nos ama, con un amor incondicional. ¡Regocijémonos en la obra poderosa de Dios, dondequiera y en quién El quiera manifestarse!

Amén